Comer barro: moda y patología femeninas en la España del siglo XVII

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Niña del color quebrado,
o tienes amor, o comes barro

Lope de Vega, El acero de Madrid

Comer barro cocido fue una moda muy extendida entre las españolas del siglo XVII. Lo hacían por varios motivos. Entre ellos, con el fin de adelgazar y lucir una palidez enfermiza. Y es que la debilidad extrema de las mujeres, tanto en su vertiente física como mental, se consideró entonces una enfermedad de gran prestigio.

Numerosos textos de época, como el citado de Lope, son testigos de esta curiosa costumbre. Si bien la ingesta de tierras medicinales, denominada geofagia, se documenta en diversas culturas, comer loza cocida fue mucho menos frecuente. Esta práctica se popularizó en España gracias a la proliferación de los búcaros, unos cacharritos de barro rojo traídos principalmente de Portugal y América. Su tamaño, su forma, su color brillante y el olor perfumado que desprendían, los convirtieron en objeto de coleccionismo femenino. Se utilizaban para beber agua con olor. La inclusión de perfumes en su confección hacía que el líquido que contenían se impregnara de un particular sabor. Parece que el vicio de este agua con sabor animaba a las mujeres a mordisquear la cerámica.

Comer barro, Velázquez, Las MeninasEl caso es que aquel barro aparentemente adictivo ocasionaba en las mujeres una serie de alteraciones físicas, y quizás también mentales, claramente dañinas. Además de los síntomas ya mencionados, la cerámica provocaba en sus consumidoras un fenómeno conocido como opilación u obstrucción: se les hinchaba y endurecía el vientre, se les retiraba la menstruación (con el consiguiente efecto anticonceptivo) y, en casos más extremos, podía llegar a producir intoxicaciones graves, incluso mortales. Pero las caprichosas damas, entre las que se contaban cortesanas y monjas, a pesar de conocer las implicaciones de su vicio, perseguían insistentemente la necesidad patológica de exhibir un aspecto frágil. Cuanto más pálidas, delgadas y débiles se mostraran, mayor era el alcance de su prestigio social.

Tanto preocupaba la generalización de esta conducta nociva, que Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana de 1611 define búcaro como:

Género de vaso de cierta tierra colorada que traen de Portugal y porque en la forma era ventriculoso e hinchado le llamaron búccaro o bucca, que vale el carrillo hinchado […]. Destos barros dizen que comen las damas para amortiguar la color o por medicina viciosa, y es ocasión de que el barro, y la tierra de la sepultura las coma y consuma en lo más florido de su edad.

Moda patológica y eminentemente femenina que, como bien refleja la definición, desaconsejaban (con poco éxito) quienes contemplaban impotentes el proceso de desfallecimiento de quienes la practicaban.

Susana GP

Bibliografía consultada:

  • Natacha Seseña, El vicio del barro, Madrid, Ediciones El Viso, 2009.
  • Antonio Castillo-Ojugas, “Bucarofagia II. Un remedio para encubrir embarazos y disminuir la menstruación”, Los Reumatismos 21 (2007), pp. 46-47.

Ilustración:

  • Diego Velázquez, Las meninas (detalle), 1656.

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