Depresión en la vejez. Factores de riesgo y mitos

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El número de personas mayores que sufren depresión crece de manera veloz. En muchas ocasiones los síntomas depresivos son confundidos con señales propias del envejecimiento. ¿Conoces los factores de riesgo ante la depresión en los adultos mayores?

Se estima que para el año 2025 habrá aproximadamente 1200 millones de ancianos en el mundo, creciendo este número exponencialmente. Además, los expertos advierten que, aproximadamente en el año 2040, el número de adultos mayores superará a los jóvenes.

Por ello, cada vez cobra una mayor relevancia la necesidad de acrecentar la atención en las personas mayores en sus heterogéneas y variadas facetas. No solo por el número tan elevado de mayores, sino porque puedan gozar de una buena calidad de vida, sintiéndose atendidos y escuchados por la comunidad. Para poder avanzar en este campo, es preciso que se reconozca y se trabaje la gerontología, dado que es la ciencia que se encarga del estudio de la vejez y de los fenómenos relacionados, y pueda hacerse desde un enfoque interdisciplinar, es decir, que se trabaje desde los diferentes campos de la salud (medicina, psicología, fisioterapia, terapia ocupacional, trabajo social…).

Se ha encontrado que una de las patologías más comunes en esta etapa de la vida es la depresión. Es importante destacar que, como en cualquier otro momento de la vida (niñez, adolescencia, juventud, adultez), se trata de una enfermedad. A menudo, esta tristeza, baja autoestima, falta de motivación, desesperanza…, se confunden con un estado “normal” de la vejez, lo cual dificulta el diagnóstico y, por ende, el tratamiento.

Los adultos mayores que sufren depresión pueden percibir índices mayores de insomnio y de ideación suicida así como una pérdida de memoria más acentuada. Además, los tiempos de reacción tienden a ser más extensos.

El índice de prevalencia de la depresión en adultos es más elevado que en personas mayores; sin embargo, las consecuencias son más graves en los últimos debido a la enfermedad física, el riesgo de suicidio, la falta de capacidad funcional, etc. A menudo la depresión se relaciona con un menor desenvolvimiento físico. Se encuentra que en muchos casos al disminuir la depresión, la función física aumenta.

Resulta frecuente la comorbilidad entre la depresión y ansiedad en personas de tercera y cuarta edad. Si se diagnostican ambos trastornos, es fundamental tratar primero la depresión debido al riesgo de suicidio ya que se ha encontrado que de las personas mayores que se suicidan, más del 80% padecían depresión.

Factores psicosociales de riesgo ante la depresión

Aislamiento. Dejar de salir, no compartir tiempo con otras personas que solían constituir vínculos fuertes o sentir la necesidad constante de estar solo.

Pérdida de autonomía e independencia. Percibir falta de movilidad, de rapidez, no ser capaz de desarrollar algunas acciones que, en un periodo anterior en el tiempo, se ponían en práctica sin ninguna complejidad tales como conducir, movilizarse, autocuidarse, practicar ciertos deportes, etc.

Padecimiento de otras enfermedades. Sufrir alguna enfermedad física (coronarias, accidentes cerebrovasculares, daño o pérdida de algún miembro, artritis, trastornos del tiroides, artrosis…) o incluso algún tipo de demencia (enfermedad de Alzheimer) entre otras, puede propiciar la aparición de síntomas depresivos.

Problemas económicos. Los ingresos que reciben las personas mayores podrían distar bastante de los obtenidos en etapas anteriores de la vida llegando a ser bastante precarios en algunos casos, lo cual dificulta tener el mismo nivel de vida que antes del cambio en los ingresos así como la adquisición de ciertos bienes y servicios.

Violencia psicológica. Estar sometido a niveles altos de maltrato psicológico e integrar dicha violencia como la dinámica establecida está considerado como un factor de alto riesgo en la aparición de la depresión.

Pérdida de roles. Pese a estar relacionado con la pérdida de independencia y autonomía no necesariamente se dan ambos. La pérdida de roles hace alusión al intercambio en las funciones y/o posición entre dos personas. En el caso de la vejez, puede referirse, por ejemplo, al cambio en las tareas de cuidado desempeñadas por los padres hacia los hijos pero que, con el paso del tiempo, esta situación podría ser invertida siendo los hijos quienes cuidan de los padres.

Duelo. Viudez, pérdida de hijos, familiares, amigos…etc. Es común que las personas alcanzadas la tercera y cuarta edad sufran pérdidas de personas cercanas dado que alcanzan la última etapa del desarrollo vital. Experimentar el duelo es completamente natural y saludable en el manejo del dolor ante pérdidas significativas, sin embargo, en algunas ocasiones el duelo se complica llegando a ser duelo patológico y favoreciendo diversas manifestaciones de tipo depresivo.

Mudanzas. Cambiar de casa puede suponer un cambio significativo en el estado anímico. En esta etapa de la vida, puede ser habitual ser cuidado por diferentes personas (como por ejemplo hijos) y estar cambiando de casa cada cierto tiempo. Asimismo, ante la falta de autonomía resultan frecuentes también los cambios a las residencias de mayores o centros de día.

Hijos que dejan de vivir con la familia. En algunos hogares, la emancipación de los hijos puede suponer un sentimiento de soledad profunda en alguno de los progenitores o en los dos. Esta condición suele ser experimentada de manera más fuerte cuando los vínculos afectivos entre la díada son muy estrechos. Cuando dicho sentimiento de soledad se prolonga en el tiempo, el fenómeno se conoce como síndrome del nido vacío.

Cambios cognitivos. Experimentar deterioro en la atención, la memoria, el pensamiento o el mayor tiempo de reacción ante el procesamiento del lenguaje suelen generar tristeza y apatía.

Necesidad de ser escuchados. Los expertos han detectado en las personas mayores la necesidad de poder hablar con alguien y sentirse escuchados, resultando un factores de riesgo no contar con ningún vínculo significativo para poder hacerlo. A menudo este indicio pasa desapercibido pero, como se ha comentado anteriormente, en esta etapa son frecuentes las pérdidas de personas cercanas lo cual genera la reducción de vínculos afectivos importantes.

Conflictos en la dinámica familiar. Alude a aquellas personas que  están expuestas a continuas discusiones y problemas familiares tanto en la forma de comunicación como en la convivencia diaria y que, o bien por pérdida de rol o por sentimiento de vergüenza, no pueden expresar su opinión y/o las emociones que sienten al respecto.

Jubilación. La trayectoria laboral abarca, por lo general, un periodo bastante extenso en la vida del ser humano. Algunas personas desean alcanzar la jubilación para así poder disfrutar de más tiempo libre; sin embargo, para otros disponer de tanto tiempo libre y no tener tareas asignadas puede precipitar un estado de angustia por falta de conexión con las necesidades y deseos propios.

Dolor crónico. Además del padecimiento de enfermedades físicas, se destaca como factor de riesgo distinto, el sufrimiento de dolor porque si bien algunas enfermedades cursan con dolor, no siempre es así. Además, puede experimentarse dolor sin tener patologías físicas.

Miedo a la muerte. A menudo se habla de las pérdidas cercanas que alguien de la tercera edad puede experimentar a lo largo de su vida, destacando la tristeza y la desesperanza pero no se presta demasiada atención al miedo por la propia muerte. Este temor puede ser acentuado en la última etapa de la vida.

Diferentes cuidadores. Al perder autonomía y capacidades de autocuidado, en ocasiones resulta necesaria la ayuda de cuidadores, tanto si estos son formales (aquellos que prestan su servicio) como informales (familiares, vecinos…) estar cuidado por diferentes personas supone para algunos un sentimiento de carga y de malestar.

Como se puede observar, son múltiples y variados los factores que influyen en la aparición de la depresión en los adultos mayores. Resulta esencial poder comunicarse con la persona mayor que nos preocupa y que pueda disponer de espacio y tiempo para poder expresarse.

Mitos sobre la vejez relacionados con la depresión

En muchas ocasiones, los mitos y estereotipos condicionan a la sociedad, a los profesionales e, incluso, a los propios pacientes. Por ello, adquiere especial relevancia señalarlos, con el fin de terminar con ellos y, más importante aún, disminuir el malestar de los pacientes.

Es normal estar deprimido cuando se es mayor. Normalizar la depresión de las personas mayores resulta cotidiano, sin embargo y pese al sufrimiento que haya experimentado una persona a lo largo de las diferentes etapas de la vida, no se trata de algo normal por lo que resulta completamente necesario abordar la enfermedad.

Es demasiado tarde para que se produzcan cambios. Pensar que los adultos mayores no pueden cambiar sus dinámicas, su autoconcepto, su forma de relacionarse o sus maneras de afrontar el día puede limitar a estas personas, viéndose privadas de ayuda o asistencia. Al contrario de esta afirmación, si bien puede haber una mayor resistencia y complejidad ante el cambio, la experiencia clínica sostiene que sí es posible.

Las personas mayores no quieren acudir a psicoterapia. Cuando los adultos mayores sienten malestar psíquico, pueden beneficiarse del proceso terapéutico tanto como cualquier persona que se encuentre en otra fase del desarrollo y lo mismo ocurre con la decisión de ir a terapia.

Aquellos mayores que hablan sobre suicidio lo hacen para llamar la atención. Si bien es cierto que no siempre que alguien expresa su deseo de acabar con su vida consuma el acto, más de la mitad de las personas mayores que se han suicidado han hablado antes de sus intenciones. Por ello, es esencial que si la persona expresa ideaciones suicidas, se tomen las medidas oportunas pero no ignorar estos comentarios.

Seguro que está bien porque no se queja nada. Pensar que alguien goza de buena salud mental porque no demande atención o porque exprese verbalmente que todo está bien, con frecuencia lleva a error. Este `sentimiento de omnipotencia´ podría ser un mecanismo defensivo que experimente la persona ante la adversidad o, simplemente, por cuestiones culturales (no darle importancia al plano emocional, asociar las quejas con debilidad, falta de espacio y tiempo para conectar con las propias necesidades…). Por este motivo, resulta conveniente indagar en los estados anímicos de las personas mayores con la que se mantiene un vínculo significativo.

 

Como conclusión, es necesario que tanto las familias como los profesionales conozcan las diferentes variables precipitadoras de la depresión y se tengan en cuenta los mitos señalados para así ser capaz de reconocer los primeros síntomas y poder hacer el diagnóstico de manera temprana, fomentando el tratamiento precoz. De este modo, se podrán prevenir algunas consecuencias devastadoras de esta patología.

 

Natalia Correa Flores

Referencias:

American Psychological Association (2017). La tercera edad y la depresión. Apa.org. Recuperado el 1 de octubre del 2017 del sitio web: http://www.apa.org/centrodeapoyo/edad.aspx

Llanes, H., López, Y., Vázquez, J. and Hernández, R. (2015). Factores psicosociales que inciden en la depresión del adulto mayor. Revista de Ciencias Médicas de Mayabeque, 21(1).

Losada, A. (2016). Intervención psicológica para la depresión en la vejez. Máster en Psicología General Sanitaria. Universidad Rey Juan Carlos. Madrid.

Mayores, D. (2017). Depresión en los adultos mayores: MedlinePlus enciclopedia médica. Recuperado el 2 de octubre del 2017: https://medlineplus.gov/spanish/ency/article/001521.htm

Suárez, J. (n.d.). La depresión en la vejez: causas, detección, terapia y consejos | Psicología y Mente. Psicologiaymente.net. Recuperado el 2 de octubre del 2017 del sitio web: https://psicologiaymente.net/clinica/depresion-vejez

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