La aceptación personal

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Las personas que aceptan su realidad consiguen un vínculo más sensato consigo mismas, dado que son capaces de discernir entre sus circunstancias vitales y aquello que preferirían que fuera diferente, logrando no focalizar toda la atención y energía en lo segundo, consiguiendo su propia “aceptación personal”.

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A menudo aparece la palabra “aceptación” en el diálogo interpersonal o, incluso, en los procesos de introspección. Pensamos en términos de aceptación cuando se da paso a la realidad sin que ésta tenga que ser difuminada por otras circunstancias que nos gustarían más. Es decir, con la aceptación personal, se produce un proceso de comprender la realidad tal y como es y no como nos gustaría que fuese o que hubiese sido; algunos ejemplos de ello serían aceptar el pasado, la forma de ser de aquellos con los que nos relacionamos, el trabajo, el paso del tiempo, las limitaciones personales, nuestro propio cuerpo, etc. Como consecuencia, el proceso de aceptación implica establecer una relación de convivencia con aquello que nos acompaña (personas, circunstancias, enfermedades, rechazos de nuestro entorno…) así como crecer con todo ello.

Uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, Carl Rogers1, remarca la «aceptación incondicional» como un requisito imprescindible en la relación de ayuda entre los seres humanos en general, y en el proceso terapéutico, en particular. De acuerdo a este pensamiento, la aceptación personal favorece la empatía y la seguridad no solo en las relaciones con otras personas, sino también con uno mismo. Durante el proceso de aceptación se establece una relación honesta a través de la cual los individuos eligen la distancia que toman con las barreras encontradas.

Para aceptarse, es necesario conocerse a uno mismo, detenerse, cuestionarse, quererse y respetarse. A través de este desarrollo se encuentran caminos seguros de crecimiento, sin evitar el contacto con la realidad pese a que ésta pueda resultar incómoda y/o desagradable. No entender que el cuerpo envejece, que los días lluviosos hay más tráfico en las ciudades, que los hijos se emancipan o que el trabajo laboral no es siempre gratificante, son algunos ejemplos de motivos de frustración o aflicción desencadenados por la no aceptación de la realidad.

Aceptación personal, proceso de cambio y autoestima

“El que no acepta pasa la vida peleándose con lo real, sin dar el primer paso del cambio: la aceptación”.  
José Antonio García-Monge2
Cita de su libro: «Treinta palabras para la madurez» (2009)

A través de esta cita, este afamado psicólogo español hace alusión a dos formas de lidiar con una circunstancia o problemática en el camino hacia la aceptación personal:

  • Disminuir, en la medida de lo posible, la condición o problema que genera interferencia y malestar en la persona: esta opción implica la búsqueda y el uso de diversos medios y recursos personales, o ayudas psicoterapéuticas.
  • Preservar dicha circunstancia o problema en su forma originaria, conviviendo con ello a lo largo del desarrollo individual: se trata de convivir y crecer con el problema, de esta forma se produce una variación en la percepción de tal problemática, “se relativiza”, así como en el nivel de interferencia que genera.

El autor también refiere que “aceptarse necesita autoestimarse, sin autoestima es casi imposible aceptarse”. Así, la aceptación personal se ve favorecida por una adecuada autoestima en una relación directamente proporcional: a mayor autoestima, mayor aceptación personal. “Si no nos aceptamos es que no nos estimamos”, apunta también García-Monge (2009), haciendo alusión a que la ausencia de aceptación y la presencia de un sentimiento de valía desfavorable (“si no nos queremos” en términos cotidianos), podrán favorecer la búsqueda compulsiva de afecto, pudiendo incurrir en dinámicas interpersonales que promueven relaciones más serviciales o de sumisión.

En esta línea, otros autores también han establecido una relación entre la autoestima y la aceptación, llegando a confirmar algunos de ellos la existencia de una mayor dificultad para la aceptación en aquellas personas que cuentan con una “autopercepción” de poca valía. Este concepto de “autopercepción” se ha expandido y popularizado durante los últimos años, y ha sido definido como “la valoración que realiza la persona sobre su propia valía”, cuyo índice vendrá determinado por una diversidad de factores tales como:

  • las representaciones construidas a partir de las distintas vivencias de la persona y del feedback recibido de los individuos de su entorno,
  • las ambiciones y metas establecidas por la propia persona,
  • el grado de vigilancia o autoobservación hacia su propio desempeño.

Aceptación personal, circunstancias y experiencias

“Aceptar el cuerpo, la edad, el tiempo en que vivimos sin evasiones, nostalgias o fugas hacia adelante es sabiduría y sensatez. Es la posibilidad de vivir de una manera personal y aceptada, constructiva y existencialmente valiosa”.
José Antonio García-Monge
Cita de su libro: «Treinta palabras para la madurez «(2009)

Aceptacion personal, autoestima, psicologos madrid AesthesisEn esta ocasión García-Monge (2009) resalta la idoneidad de concebir determinadas circunstancias desde una visión más amplia, teniendo en cuenta otros ángulos de la realidad que permitan integrarlas. Afirma así que “aceptar es ver el dato que rechina en una perspectiva más amplia”, en definitiva, se trata de considerar otros puntos de vista, ampliar nuestra visión, para lograr armonizar ese dato “que rechina” en el conjunto global que lo integra y dinamiza.

Tal y como afirma el autor, no somos dueños del acontecimiento, de la circunstancia o del hecho, sin embargo, sí lo somos de la interpretación que realizamos del mismo. Esa “interpretación” alude a un proceso de desarrollo personal donde nuestra propia visión de las cosas pueda quedar protegida de todos aquellos miedos, rechazos y expectativas frustradas capaces de influir negativamente en tal interpretación. Dicho proceso aúna el intercambio con el medio (el entorno) y el cambio personal que conlleva el crecimiento humano, adquiriendo una visión más amplia de las limitaciones y generando una mayor apertura al cambio. En síntesis, es ser conscientes de que todos somos limitados, nosotros mismos y los demás, y a la vez, todos estamos abiertos al cambio, a nuevas posibilidades humanas.

Aceptación personal y aceptación de los demás

Siguiendo con su argumentario, García-Monge (2009) también escribe literalmente “para aceptarme he necesitado ser aceptado”, con esta premisa, el autor hace especial hincapié en las consecuencias derivadas de vivencias de no aceptación generadas por el trauma que provoca el rechazo o la marginación. Tales experiencias traumáticas pueden influir notablemente en la relación que la persona establece con aquella característica o cualidad que ha provocado esa respuesta de rechazo en su entorno interpersonal y/o en su ámbito social, lo que generará una influencia sobre las dinámicas relacionales posteriores con otras características o cualidades de la propia persona.

Pese a todo, cabe la esperanza de una posible aceptación futura, apunta García-Monge (2009), una vez más a través de un proceso que requerirá un aprendizaje hacia una autopercepción más positiva, que integre esas características o cualidades no aceptadas, pero existentes, en una identidad personal unificada.

Haciéndose eco de las palabras del prestigioso psicólogo estadounidense Albert Ellis3, que considera, con toda lógica, irracional la idea de que “todo el mundo tenga que aceptarme”, García-Monge (2009) subraya acertadamente la necesidad de eliminar esa necesidad de ser aceptado por todo el mundo, sin embargo, también refiere que la aceptación personal, siendo una opción personal, individual, se ve reforzada, incluso necesitada, por la aceptación de los demás.

Esa «aceptación del otro» implica un respeto a sus características, tal y como también señala García-Monge (2009): “aceptar a otros es respetar lo que son y cómo son ofreciéndoles el feedback que, desde la huella que sus conductas dejan en nuestra experiencia, les puede ayudar a mejorar cambiando”.

Aceptación personal: el diálogo con un mismo

Aceptarse es la posibilidad de dialogar de verdad con uno mismo, sin engaños ni pactos con la mediocridad, sino estimulando en ese diálogo un crecimiento y apertura personal.”
José Antonio García-Monge
Cita de su libro: «Treinta palabras para la madurez «(2009)

Para concluir, el autor asemeja el proceso de aceptación a un diálogo establecido consigo mismo, una conversación libre de engaños que estimule una posición de apertura, de cambio. Afirma que se trata de proceso que requiere de un paso más allá de la mera fotografía de la realidad, entendiendo ese “paso más” como que tal realidad debe ser asumida e integrada en las distintas experiencias de la persona para lograr alcanzar su propia aceptación personal.

Puedes ampliar información en nuestro artículo «¿Aceptas la realidad? ¿Te aceptas a ti mismo?«, en el que seguimos indagando en el hecho de que aceptarse a uno mismo, y a la realidad en la que se vive, es fundamental en el camino hacia el desarrollo y crecimiento personal. ¡No te lo pierdas!
Equipo Terapéutico Psicólogos Madrid Aesthesis

Referencias:

[1] Carl Rogers (08/01/1902, Oak Park, EEUU, 04/02/1987, San Diego, EEUU) fue un prestigioso psicólogo estadounidense, iniciador junto a Abraham Maslow del enfoque humanista en psicología.

[2] José Antonio García-Monge (1934, Burgos, España), psicólogo y filósofo español, escribe e investiga la psicoterapia gestáltica desde 1970, y es autor de múltiples artículos y libros sobre psicología y psicoterapia.

[3] Albert Ellis (27/09/1913, Pittsburgh, EEUU, 24/07/2007, Manhattan, EEUU), psicoterapeuta cognitivo estadounidense que a partir de 1955 desarrolló la terapia racional emotiva conductual, está considerado uno de los psicólogos más influyentes de la historia.

Bibliografía:

García-Monge, J. A. (2009). Treinta palabras para la madurez. Bilbao: Desclèe de Brouwer.